Programar por el amor a programar
.--[ 0 - Contexto ]-----------------------------------
No estoy en contra de la inteligencia artificial. Yo mismo la uso (con harta frecuencia la verdad) y sería hipócrita de mi parte decir que no la necesito o que no la aprovecho. Me ayuda, me ahorra tiempo y me permite explorar ideas que tal vez me habrían tomado semanas.
Dicho eso, viendo cómo esta “tecnología del futuro” ha llegado a las manos de prácticamente cualquier persona con conexión a internet, hay una idea que me ha estado atormentando últimamente y que, posiblemente, jamás deje de hacerlo. No tiene que ver con eficiencia, ni productividad, ni nada de eso. Es algo más bien personal y mucho más humano: me da miedo que dejemos de disfrutar aprender.
No me da miedo que la IA me quite el trabajo ni que empiece a programar mejor que yo. Me da miedo que programar deje de ser una experiencia y pase a ser solamente un medio. Que al final del día dejemos de disfrutar el proceso mismo de aprender.
.--[ 1 - Programar no es solo una herramienta ]-------
Programar siempre tuvo dos dimensiones para mí.
La primera es la más obvia: es una herramienta. Sirve para resolver problemas, automatizar cosas y construir productos reales. Es útil. La programación nació como puente conductor entre el ser humano y la máquina, un medio para el fin.
La segunda es menos evidente: programar como ejercicio mental. El acto de sentarse a resolver un problema y romperse la cabeza por días hasta encontrar la solución. El proceso de leer documentación por horas, cambiar una línea, romper todo, volver atrás, pensar, volver a pensar y (tal vez) ahí recién avanzar. Es esa fricción constante entre lo que uno cree saber y lo que uno en realidad sabe.
.--[ 2 - La fricción como formación ]-----------------
A mí me gusta programar. Mucho. Pero ha sido un camino largo.
Cuando empecé no entendía nada. Había programado en lenguajes visuales (como de bloques) y tuve acercamientos muy superficiales a C programando robots, pero nunca lo aprendí realmente. Mi punto de quiebre fue cuando me compraron un kit de Arduino para aprender.
La gracia del kit es que venía con un manual lleno de proyectos, junto con todos los componentes para traerlos a la vida. Ahí te explicaba qué hacía cada cosa y dónde conectarla y al final había una sección que te explicaba línea por línea cómo funcionaba el programa. En mi flojera y frustración terminaba armando el breadboard como salía en la imagen y copiando textualmente el programa del manual. Y sí, el LED parpadeaba y el motor giraba, pero no sentía nada. Era entretenido saber que yo había armado eso, pero eso era todo.
Mi fascinación real surgió cuando me dieron ganas de hacer cosas que no estaban en el manual. Así que me puse a aprender (muy a la mala). Haciendo, rompiendo y quemando LEDs. Eventualmente logré armar un brazo robótico que se controlaba con otro brazo que tenía potenciómetros. Funcionaba pésimo, pero pésimo, pero funcionaba. Y ese momento fue enorme, porque no era “funciona porque el manual dice que es así”, era “funciona porque yo lo entiendo lo suficiente como para que funcione”.
No sentí orgullo por el resultado, sino más bien satisfacción de finalmente entender. Esa sensación, creo, solo existe cuando uno atraviesa esa fricción.
.--[ 3 - La comprensión como opción ]-----------------
Hoy pienso en ese brazo robótico y no puedo evitar hacer la comparación.
Ese mismo proyecto, con el mismo nivel de complejidad, probablemente lo podría haber descrito en un par de párrafos: “Necesito que un brazo con servos replique los movimientos de otro brazo con potenciómetros”. Y habría obtenido código funcional, el esquema exacto del circuito, incluso recomendaciones sobre control PID que en ese entonces ni siquiera sabía qué era. El resultado habría sido el mismo, incluso mejor. No habría tenido que quemar LEDs o haber pasado por la frustración e incomodidad de no aprender. El brazo se habría movido igual.
Lo que no habría ocurrido es el proceso que me obligó a entender.
Y ahí es donde empieza mi inquietud.
No me preocupa que ahora podamos llegar más rápido al resultado, me preocupa que el resultado ya no exija comprensión. Me molesta, de una forma muy íntima, que podamos construir sin necesariamente haber internalizado lo que estamos construyendo.
Antes, si querías que algo funcionara, no tenías alternativa: tenías que entender al menos lo suficiente y estudiarlo a fondo si ese no era el caso. Hoy puedes delegar todo ese entendimiento a un programa. Puedes producir sin dominar y ejecutar sin internalizar. Comprender dejó de ser requisito y se convirtió en opción… Y cuando algo es opcional, y más encima requiere esfuerzo, probablemente dejemos de elegirlo. No porque no valoremos el conocimiento, sino porque la comodidad es difícil de ignorar. Si el sistema funciona, el código compila y el proyecto avanza, ¿de verdad vamos a parar a preguntarnos si realmente lo entendemos?
No estoy diciendo que eso esté mal en todos los casos. Hay veces en que avanzar rápido es necesario y en donde efectivamente el objetivo no es aprender, sino resolver, pero hay muchas otras instancias que la vida nos ofrece para hacer las cosas solamente por el placer de hacerlas.
Eso es lo que me inquieta. No tanto la herramienta como tal, sino la relación que podemos empezar a tener con el aprendizaje gracias a ella. Me da miedo que la curiosidad genuina se vuelva innecesaria y que aprender deje de ser parte natural del proceso y pase a ser un accesorio. Porque lo que realmente temo no es que las cosas funcionen sin esfuerzo, es que nosotros cambiemos y que nos acostumbremos a obtener resultados sin atravesar la fricción que nos forma. Y que así, sin darnos cuenta, dejemos de construirnos a nosotros mismos mientras construimos otras cosas.
Todos los días veo gente nueva mostrando proyectos armados en un par de horas con ayuda de IA, casi siempre cosas que hace un par de años habrían requerido meses de estudio y otros más de ejecución. Es un poco surreal ver a personas que jamás habían programado en su vida lanzando productos completos, cuando a mí me tomaría meses hacer algo similar desde cero.
Es difícil no sentirse impresionado. Hay algo admirable en esa capacidad de materializar ideas sin las barreras técnicas que antes existían. Aún así, hay algo que se siente distinto. La conversación parece haberse desplazado hacia la velocidad, hacia el “qué tan rápido lo hiciste” o “mira lo que hice” y dejó de ser “mira, aprendí cómo funciona esto”. Pocas veces veo a alguien hablar del proceso con la misma intensidad con la que habla del producto final. Y cuando todo gira en torno al resultado, el proceso empieza a perder protagonismo, y con él, la parte lenta y silenciosa en donde realmente se forma el criterio.
Me pregunto qué va a pasar con las nuevas generaciones. Cuando un niño hoy instale Python por primera vez, ¿va a sentir esa fascinación rara de escribir una línea y ver que algo pasa en la pantalla? ¿O va a pensar que programar es simplemente describir lo que quiere que pase y dejar que otra cosa lo resuelva?
¿Va a haber alguien que quiera quedarse horas leyendo documentación solo por el placer de entender? ¿O eso se va a volver una rareza y una excentricidad?
Es dificil saber.
Al escribir esto me pongo a pensar si tal vez estoy idealizando algo que nunca fue masivo, que quizás la mayoría de las personas nunca disfrutó realmente este proceso y que yo simplemente tuve la suerte de crecer en un entorno donde sí se valoraba. Tal vez lo que está ocurriendo en la actualidad no es una pérdida, sino una normalización. Aún así, me duele pensarlo.
.--[ 4 - Más allá del código ]------------------------
Aunque uso la programación como ejemplo, el problema no se limita únicamente a ese dominio.
Hoy es posible generar textos sin haber estudiado ni leído nada al respecto, componer canciones con melodías complejas sin entender nada de teoría musical, o crear imágenes perfectas sin haber dibujado jamás. Incluso aquellas cosas inherentes a la condición humana, como el arte, están cayendo en la trampa del producir y no del hacer.
Antes, la limitación técnica era una especie de filtro natural. Si querías hacer algo complejo, tenías que atravesar una curva de aprendizaje. No había otra forma. Ahora el acceso es casi inmediato, y eso es bueno desde cierta perspectiva. Democratiza y abre puertas, permitiendo que más personas creen. Sin embargo, también reduce la fricción que antes era parte inevitable de nuestro crecimiento como individuos. Es natural elegir el camino más corto, siempre lo ha sido.
Constantemente a lo largo de la historia han nacido nuevas herramientas cuya llegada y masificación han reducido esa fricción. Tal vez la IA no está haciendo nada nuevo en ese sentido y solo está llevando esa tendencia a un extremo debido a su gigantesca versatilidad. No puedo imaginar como debió haber sido para un pintor de retratos perder su trabajo por la invención de las cámaras análogas, o para un tejedor artesanal con la llegada de la máquina de vapor (y los telares mecánicos). La IA ha llegado a hacer lo mismo, pero como un monstruo multidisciplinario que se ha entrañado en los rincones más profundos de nuestra creatividad.
Entiendo que la IA en ocasiones es sin duda un abuso maligno de la tecnología (deepfakes, bandas falsas, etc), pero por otro lado, ¿quién soy yo para juzgar a alguien que disfruta de la música y que recientemente descubrió que también la puede crear?
Aún tengo opiniones difusas, pero sé que lo que más me marcó a mí no fueron los resultados que obtuve, sino las dificultades que tuve que atravesar para llegar a ellos. Y cuando veo que esas dificultades ya no son necesarias, no puedo evitar preguntarme qué va a ocupar su lugar (si es que hay algo).
.--[ 5 - Cultura, curiosidad y transformación ]------
Me dijeron que el ser humano no está hecho para disfrutar aprender, sino para sobrevivir. Que el placer por el conocimiento es un lujo y no algo inherente dentro de nosotros. Creo que esto es parcialmente cierto.
Incluso si el aprendizaje apasionado nunca fue universal, sí fue estructural en algunos espacios. En programación, en ciencia, en arte incluso, la dificultad era más una condición técnica que una virtud moral. Hoy esa condición cambió, y esa profundidad dejó de ser estructural y pasa a ser optativa. Tal vez no sea decadencia y es simplemente otra etapa, pero cuando algo que era central en una cultura deja de ser necesario, inevitablemente cambia la forma en que esa cultura se entiende a sí misma.
Si durante años aprender era el único camino para crear y hoy crear puede ocurrir sin aprender, algo fundamental cambia en esa comunidad. Obviamente no desaparece la curiosidad, pero deja de ser el filtro natural de entrada, cambiando así también la identidad del grupo.
.--[ 6 - Lo que realmente me inquieta ]---------------
Me cuesta imaginar qué pasa cuando aprender deja de ser una consecuencia natural del hacer. Quizás nada externo pase si esa etapa empieza a diluirse, pero siento que internamente algo sí cambiaría. Y eso es lo que me pesa al final del día: la posibilidad de que, sin darnos cuenta, dejemos de valorar ese momento incómodo donde uno todavía no sabe y, aún así, decide quedarse igual.
Puede que no sea la capacidad de crear lo que perdamos, pero la paciencia necesaria para profundizar sí. Y cuando la cultura deja de celebrar al que insiste y empieza a celebrar solo al que produce, el código, los dibujos y los resultados en general quedan igual, lo que cambia es la forma en que nos relacionamos con el conocimiento mismo.
Porque tal vez el verdadero cambio no ocurra en los computadores, sino en nosotros.